La idea era alquilar una casa por un par de días en algún balneario tranquilo para bajar la pelota de un muy muy intenso 2024 en Montevideo.
Luego de barajar opciones, llegamos a la conclusión de que una linda casa a un par de kms de la playa en el balneario Bella Vista era la mejor idea, y hacia allí fuimos.
O al menos eso pensamos.
Resulta que la casa alquilada no era en Bella Vista, sino que quedaba en Estación Las Flores, un muy pequeño pueblo que está localizado al norte del balneario Las Flores (no confundir con Estación Las Flores) en la ruta 71.

Desde ahí, había que caminar un par de kms para llegar a la casa que quedaba en el medio del campo. Hasta allí fuimos para darnos cuenta en ese momento de que habíamos viajado a un destino diferente al cual aparecía en el sitio web donde habíamos alquilado la casa! Ja. Vale aclarar: Bella Vista y Las Flores son dos balnearios muy pequeños y están literalmente uno al lado del otro.
La cuestión era que ni siquiera estábamos en un balneario, estábamos en un pueblo. Y no quedaba a 2 kms de la playa. En realidad quedaba más lejos, je. Alguien no le acertó totalmente a las coordenadas 🤪.
Nos tocaron un par de días grises. Uno de ellos con lluvia, aunque al menos el Sol decidió aparecer al otro día, al menos durante unas horas.
Y la verdad es que la estadía fue sorprendente, inesperada y mágica. Tuvo ese no sé qué de esos viajes que quedan marcados en la retina. Tanto a Vale como a mí nos gusta hacer las cosas lento, disfrutando del recorrido. Nada de apurarse. Tomamos la decisión de no ir a la playa porque el clima no ayudaba y además el pueblo, a su manera, nos atrapó.
El pueblo tiene un valor histórico, en tanto y cuanto hay una ex estación de trenes localizada ahí mismo, la estación Las Flores. Se mantienen varias de las vías del tren, el cartel de la estación, y todo el verde que nació en la zona ladera a las vías es la zona en donde las personas esperaban al tren o se bajaban del mismo.

La historia, es que al segundo día decidimos ir a caminar por el costado del andén, para ver hasta donde podíamos ir. Era un domingo al mediodía, clima soleado, estábamos muy contentos y comenzamos a caminar por ese andén, aunque no por mucho tiempo.

Enseguida, y de la nada misma, salió un tipo con la mirada «ida», y con una tijera podadora enorme y oxidada. Si alguien me dijese que la tijera esa tenía 100 años, le creería. Este tipo nos miraba fijamente mientras caminábamos hacia él y no nos decía nada, al tiempo que sostenía la tijera en su mano derecha. Cuando estábamos pasando al lado de él, antes de que decidiese terminar con nuestras vidas, le pregunté si era un espacio público y ahí sonrió y nos dijo que no. Ok. Nos dimos media vuelta y nos fuimos con preguntas. ¿Porqué simplemente no nos dijo que el espacio era público en vez de mirarnos como si fuese un personaje del Resident Evil 4 con un arma en su mano?
¿Ese espacio era privado de verdad, o era público? ¿Porqué este tipo salió de la nada misma?
¿Qué habría pasado si hubiésemos seguido caminando? ¿Nuestra vida corrió peligro? ¿Porqué el césped es verde y no es azul? Son preguntas que jamás tendrán respuestas.
El tema es que enseguida de eso fuimos a comer a un carrito y probamos el mejor baurú del mundo, en un lugar que tiene también tiene mejor nombre del mundo (tiro chivo) y se llama «Chancho Burguer y sus angelitos». Pónganse la mano en el corazón y díganme que no tiene el mejor nombre del mundo. ¿Vieron? No se puede. La comida no solo es deliciosa y está a un precio razonable; también tiene un patio con mesas, maderas, árboles y vegetación para sentarse a comer afuera. Muy lindo todo. 10/10.
Por otra parte, se sabe que en los pueblos del interior la siesta es sagrada. La siesta debería ser declarada Patrimonio Mundial Inmaterial de la Humanidad.
Sin embargo, nos llamó la atención la puntualidad y exactitud con la cual el pueblo vuelve a la vida.
Desarrollo: eran cerca de las 4 de la tarde y no había casi nada abierto. Queríamos comprar algo para comer, y nos enteramos de que a las 4 abría el super. Nos quedamos en un banco esperando que se hicieran las 4, para ser testigos de como el pueblo revivió de un momento al otro.
A las 15.55 no había nadie en el pueblo. Ciudad fantasma. A las 16.01, empezó a circular gente por la calle, los niños y las familias se fueron a la plaza, y el super al cual llegué recibió pila de clientes apenas abrió. A la hora exacta se levantó todo el mundo de la siesta. Me imagino a la gente del pueblo ni siquiera poniéndose el despertador para levantarse, y automáticamente volviendo a la vida a las 16.
Otra cosa que nos gustó mucho es esa tranquilidad de los pueblos del interior. En la siguiente foto, se ve a una bicicleta, no atada. Se trata de la bicicleta de la dueña de un super, que la deja afuera sin atar, toda una muestra de la identidad del pueblo, reflejada a través de un sentimiento de tranquilidad y seguridad.

Salir de la casa y tener una vista hermosa de los cerros de fondo, sin duda es otro gran ingrediente. Esos paisajes no se ven en todo el país, y esta zona del Paisito en particular tiene un geología muy particular que le da una belleza especial.

Y hablando de paisajes, el cielo nocturno que nos regaló la estadía en Estación Las Flores fue maravilloso. Teníamos un techo oscuro lleno de estrellas iluminando la noche, lo cual también le otorgó un manto diferente y singularmente hermoso a nuestros momentos compartidos en este lugar.
Posteriormente, el pueblo nos dejó otras sensaciones no tan lindas en cuanto a otras cuestiones, pero no vale la pena mencionarlas acá y además no le hicieron a nuestra estadía.
En definitiva, a veces los viajes transcurren de forma inesperada. Ocurren situaciones que no estaban en los planes y ahí depende de varios factores el como se asimilen esos cambios que toman su lugar. A veces, abrazar lo inesperado puede ser el camino para pasar de una experiencia «esperable» a una inolvidable y cargada de significado.





😊♥️
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