Peñarol se impuso 2 a 1 en el Viera, jugando medio tiempo con diez hombres. El gol de Villalba, asistido por Leo Fernández en el minuto 84 luego de una enorme jugada del 10, fue el broche final a una actuación de esas que quedan en la memoria. Dentro de este contexto, es necesario destacar el juego de Umpiérrez.
El pibe de San José, con apenas 21 años, ofreció una lección de fútbol. En un partido apretado naturalmente por la expulsión de Báez, nunca perdió el control. Su intensidad no fue la de quien corre por la cancha con esmero pero sin un rumbo claro, sino la de quien sabe cuándo ir fuerte, cuándo soltar la bocha, cuándo arriesgar en un mano a mano y cuándo esperar. Entendió con agudeza mental el ritmo del partido y con un compañero menos en cancha, ajustó sus tiempos con una exactitud admirable.

A lo largo del encuentro, el maragato estuvo un paso adelante, leyendo cada movimiento del rival, anticipando lo que iba a ocurrir antes de que sucediera. Su generoso aporte a la causa y su capacidad para estar en el lugar exacto en el momento oportuno lo destacan. No fue solo su físico lo que le permitió sobresalir sino su mente, siempre alerta, tomando decisiones con esa agudeza que solo los jugadores más inteligentes tienen. Como un artista que ya sabe cuál va a ser su próxima pincelada, cada intervención suya estaba pensada de antemano, como si él ya supiera lo que iba a pasar a continuación. Consciente de que cada toque debía estar cargado de propósito, dirigió el juego aurinegro.
En el primer gol de Peñarol, fue su pase el que abrió la puerta. Con la precisión de quien sabe que las oportunidades a veces duran un momento, le colocó la redonda en el pie a Silvera. Dio la asistencia que rompió la defensa rival y estableció el camino hacia la victoria. Comprendió el espacio y el tiempo, como un ajedrecista que mueve su pieza en el instante adecuado. Fue el faro que iluminó al equipo, el que ajustó la velocidad del juego y el que con presencia y prestancia le dio equilibrio al manya en el Prado.

Mientras Leo Fernández pintaba el juego carbonero en el Prado como Blanes a una de sus obras, Umpiérrez se encargó de que el funcionamiento del equipo tuviera lugar. Entendió que el fútbol no solo es correr, sino saber cómo moverse dentro del caos. Un distinguido. El pibe llegó para quedarse.