FICCIÓN UTÓPICA CELESTE

Minuto 92′. El partido continúa 0 a 0 y parece destinado al tiempo extra, ese summum del sufrimiento futbolístico, ese sitio infernal del desgaste físico y psicológico que deseaban evitar a toda costa los guerreros uruguayos. Es que los de celeste vienen de tres alargues consecutivos y sus piernas y pulmones suplican «ya basta» en el partido mas ansiado del Mundial. «Tas loco» dice más de uno para sus adentros, pensando en el esfuerzo de jugar 30′ más.

Córner para Francia que ejecuta Griezmann, la pelota queda rechazada por Coates que se la pasa al Halcón Valverde, y este se le envía a Lucho Suárez, que con el ultimo de sus alientos decide correr una pelota más. «La última» piensa Lucho para sus adentros, mientras observa con el rabillo de su ojo izquierdo que Theo Hernandez corre para cerrarle los caminos a él y a tres millones de ilusiones. Cuando parece que el lateral zurdo del AC Milan le gana la cuerda, Suárez usa su cuerpo para ganar la posición. Hombre al piso, Theo queda atrás y Lucho gana la primer batalla a pura jerarquía. Se va en carrera en una diagonal de afuera hacia adentro, mientras que Kanté que corrió todo el match ya va pisando el círculo central y se acerca peligrosamente. Lucho se acerca al área, ese lugar que conoce tan bien, desde donde sale a cruzarlo la bestia negra Varane, campeón del mundo cuatro años antes y que quiere otra vez la gloria. Lucho observa que Valverde y sus 3 pulmones vienen cerca de Kanté, ofreciéndose como opción de pase hacia la derecha y desviando la atención del pundonoroso elemento del Chelsea que se debate entre correr a un Halcón y perseguir a Lucho, que nota la duda y se enfrenta a Varane. El Pistolero recuerda sus mejores años en el Liverpool y decide que es el momento de darlo todo e intentarlo; por respeto a su país, a su historia personal y a sus compañeros, que observan atónitos como Lucho se saca de encima al central francés con una facilidad comparable a la del gordo (con respeto) Ronaldo en Korea y Japón para quedar, ahora sí, mano a mano contra el diplodocus Hugo Lloris. Lucho ya sabía lo que iba hacer desde que tomó la pelota en la mitad de la cancha y la tira arriba, al palo derecho del espigado guardameta nizardo. Es difícil elegir una sola imagen posterior a la definición del Pistolero. La primera, la que las cámaras captan es, a Lloris abatido, tirado en el suelo, todavía sin lograr incorporarse, observando como la globa besa la red mientras va cayendo al piso por la lógica fuerza de la gravedad ejercida sobre ella. La siguiente, es a Lucho corriendo, llorando, besándose los dedos en su típico festejo mientras su cerebro no logra comprender, ni siquiera toma una mínima dimensión de lo que su corazón le indica que está sucediendo allí en esa cancha del Medio Oriente, tan lejana del Salto natal donde Lucho dio sus primeros pasos.

Gol.

El grito sagrado.

Las demás imágenes son directamente del Paisito, y muestran a unas adolescentes a las que el fútbol mucho no les llama la atención pero lo estaban viendo «para acompañar» a su familia y celebran emocionadas sin lograr comprender exactamente qué es lo que sucede, a un restaurante con olor a arena y mar en el Cabo Polonio, con alguien que se gastó toda la luz que tenía disponible para ese día intentando conectar un televisor para ver el partido, y a un veterano llorando en la calle, un anciano en algún bar de Montevideo, que le dice a los demás «yo vi el maracanazo también» mientras mira al cielo como pensando que ya la vida le ha dado mucho y que ahora con 95 pirulos y luego de semejantes momentos vividos no es un mal momento para partir.

Y para partir con esta semana fría de Mayo y combatir la monotonía y la rutina del lunes, nada mejor que imaginarnos a la Celeste en Qatar y soñar un poco, que tenemos con qué.

Que tengan un gran inicio de semana.

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