Como un regalo de fin de año para sus padres Serge y Nathalie, un 29 de Diciembre y pocos días luego de la navidad de 1993 en el único país soberano que queda del Gran Ducado, nació Sebastien Thill.
Criado en el seno de una familia futbolística ya que su padre fue futbolista, su madre siempre estuvo relacionada al fútbol y sus dos hermanos también son jugadores, en la familia Thill se respiraba fútbol así como sangre corre por las venas.
Así es como se dio inicio al periplo fútbolistico de Sebastien, que debutó como profesional con 20 años en el fútbol luxemburgués con el CS Pétange, para posteriormente pasar al Progrés Niedekorn también de su país, donde en su posición de mediocampista ofensivo disputó 225 partidos, hizo 48 goles y repartió 57 asistencias, además de convertirse en el capitán del equipo. Nada mal. De ahí pasó cedido al Tambov SV de la Premier Rusa pero jugó poco, y de ahí otra vez cedido al club que lo llevó a la fama, el Sheriff Tiráspol de Transnistria.
Acá empezó el romance. El amor entre un jugador que buscaba un club que lo llevase a su sueño de jugar la Champions, y el club que quería a un jugador con la personalidad y el juego de Thill para lograr sus objetivos.
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La simbiosis fue armoniosa y perfecta, como quien escucha «Crece desde el Pie» de Zitarrosa mientras se sirve un mate con el sol en la cara, como dos cosas que se hacen – y sienten- como una, el Sheriff logró una mínima posibilidad de pasar a la Champions y la aprovechó, y Sebastien (que el día que debutó con su selección allá por 2015 anotó el gol de la victoria en el 92′ contra Macedonia) hacía su sueño realidad al clasificarse con un equipo a la Champions. The boy who dreamed.
El primer desafío ya fue una locura tras ganarle al Shaktar ucraniano jugando en casa 2 a 0 pero así como así, el Sheriff quería más.
Fueron a visitar el estadio Santiago Bernabéu, la casa del equipo de las 13 Champions, de los nuevos galácticos, la casa del Real Madrid. Mucha gente creía en la goleada merengue, pero merengue fue el que les dio Sebastien, que con el partido empatado a uno – que ya constituía una proeza para el Sheriff- el luxemburgués volvió a ser determinante en un momento clave.
En el 89′, la épica.
El lugar geográfico del césped madridista donde se gestó la epopeya es el sector del ataque derecho del equipo transnistrio, que tiene un lateral en ofensiva al lado del córner. Constanza la envía de manos hacia Traoré, el 9 del equipo que debió soportar estoico la marca de Alaba durante toda la noche, (y que lo presionaba nuevamente). Aguanta la pelota y luego la hecha atrás hacia la medialuna, en donde Thill entra solo sin marca como perico por su casa.
Para que usted se haga una idea, es la típica jugada del campito -o fútbol cinco, da lo mismo- en el que la bocha viene hacia la posición en la que uno se encuentra y sabe que ese es el momento de golpear la pelota cuando le queda de sobre pique y con el arco enfrente. Sebastien, ante la posibilidad de marcar el primer capítulo glorioso del Sheriff en Europa en una ocasión histórica, no lo duda. Se llena el zapato izquierdo (su pie hábil) y la pelota, porfiada, elige su propio camino, comienza a describir una parábola y quienes estábamos sentados nos pusimos de pie porque podíamos ver cómo el esférico se metía por completo en el ángulo derecho de Curtouis, que voló espectacularmente solo para ser el testigo más cercano de la obra artística – futbolística de Sebastien Thill.
Hecha la obra de arte, rienda suelta al festejo del Sheriff, que en un duelo al estilo David y Goliat al mejor estilo Hoywood, logró una hazaña histórica y venció al Real Madrid a domicilio 2 a 1.
Sin embargo, Sebastien sintió que estaba recién empezando.
Otro día más en la oficina -habrá dicho para sus adentros- cuando al minuto 52 y en el mítico Giuseppe Meazza batió de tiro libre la portería del largo Handanovic para poner el 1 a 1 contra el Inter de Milán. Otro golcito del boy who dreamed.
Ese partido terminó 3 a 1 para el neroazzurro, pero eso es harina de otro costal. Gracias a las dos victorias previas, Sheriff continúa liderando el grupo con 6 puntos de 9 disputados, y Sebastien, al mejor estilo Chino Recoba, metió su segundo gol -zapatazo desde su casa- contra un equipo campeón histórico de la Champions en su propio estadio.
El chico que se tatuó a la Champions League soñando con ella, lo logró. Y va por más.
The boy who dreamed.
