ALEMANIA COMO PAÍS

MAPA DE ALEMANIA

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Mapa de Alemania. Fuente: mapamundi.online

UN POCO DE HISTORIA

Vale aclarar que la historia de Alemania es muy amplia, tiene muchas etapas y por lo tanto no se puede hacer un resumen rápido de la historia de este país. Por eso, seleccionaré lo que yo creo más relevante.

Durante la mayor parte de su historia, Alemania fue un conjunto de principados y ciudades-estado semiindependientes. De hecho, no fue un Estado-nación hasta 1871. No obstante, los movimientos y acontecimientos asociados con su territorio (desde la Liga Hanseática hasta la Reforma y el Holocausto) han fraguado la historia de Europa desde la Alta Edad Media. Carlomagno, Martín Lutero, Otto von Bismarck y Adolf Hitler son solo algunas de las personalidades clave cuyo legado ha pervivido hasta la actualidad, en que Alemania está atada a la unidad de Europa que tanto defiende.

Raíces y romanos

Los primeros habitantes del territorio que hoy ocupa Alemania fueron tribus celtas y germánicas nómadas. Bajo el dominio del emperador Augusto, los romanos iniciaron la conquista de las tierras alemanas en torno al 12 a.C. y alcanzaron el Rin y el Danubio. Sus intentos por expandir su territorio más al este se vieron frustrados el año 9, cuando el general romano Publio Quintilio Varo perdió tres legiones (unos 20.000 hombres) en la sangrienta batalla del Bosque de Teutoburgo. Las fuerzas germánicas estuvieron encabezadas por Arminio, hijo de un jefe local que había sido capturado y llevado a Roma como rehén. Allí adoptó la ciudadanía romana y recibió la educación militar que le permitiría vencer estratégicamente a Varo.

Tras la victoria de Arminio, los romanos no volvieron a intentar conquistar tierras germánicas más allá del Rin y aceptaron este río y el Danubio como fronteras naturales, tras lo cual consolidaron su poder fundando colonias como Tréveris, Colonia, Maguncia y Ratisbona. Mantuvieron la hegemonía en la región hasta el 476.

Carlomagno y el reino de los francos

En la orilla occidental del Rin, el reino (o imperio) de los francos existió entre los siglos V y IX y fue el Estado sucesor del Imperio romano de Occidente, caído en el 476. Bajo el reinado de las dinastías merovingia y carolingia, se convirtió en la mayor potencia política de Europa en la Alta Edad Media. En su apogeo, este reino abarcó los actuales países de Francia, Alemania, Holanda, Bélgica y Luxemburgo, así como media Península Itálica. Su soberano más poderoso fue el carolingio Carlomagno [768-814]. Después de su muerte, la lucha entre su hijo y tres de sus nietos terminó por causar la disolución del reino de los francos en el 843. El Tratado de Verdún dividió el territorio en tres reinos: Westfrankenreich (Francia Occidental), que evolucionó hasta formar la Francia actual; Ostfrankenreich (Francia Oriental), origen de la Alemania actual; y Mittlere Frankenreich (Ostfrankenreich Media), que abarcaba el actual Benelux y otras zonas situadas hoy en Francia y el norte de Italia.

La Edad Media

El fuerte regionalismo de Alemania tiene su origen en la Alta Edad Media, marcada por disputas e intrigas por los territorios. El corazón simbólico del poder durante esta época fue el lugar de sepultura de Carlomagno, la catedral de Aquisgrán, que acogió la coronación de 31 reyes germanos desde el 931 hasta 1531, empezando por Otón I (Otón el Grande). Otón demostró su valía en el campo de batalla al derrotar a las tropas húngaras y, más adelante, al conquistar el reino de Italia. En el 962 renovó la promesa de Carlomagno de proteger el Papado, y el papa, en agradecimiento, lo coronó emperador; así nació el Sacro Imperio Romano Germánico. Durante los 800 años siguientes, el káiser y el papa formarían una pareja extraña y, a menudo, incómoda. Las disputas de poder entre el papa y el emperador, que también debía lidiar con los príncipes y príncipes-obispo locales, fueron la causa de muchas rebeliones en la Alta Edad Media.

La Reforma y la Guerra de los Treinta Años

En el siglo XVI, las ideas humanistas y del Renacimiento suscitaron críticas a los abusos generalizados de la Iglesia, en especial la práctica de vender indulgencias para exonerar pecados. En 1517, en la ciudad universitaria de Wittenberg, el monje y profesor de teología Martín Lutero (1483-1546) hizo públicas Las 95 tesis, que no solo criticaban las indulgencias, sino que cuestionaban la infalibilidad papal, el celibato del clero y otros elementos de la doctrina católica. Esta fue la chispa que encendió la Reforma.

Aunque le amenazaron con ser excomulgado, Lutero se negó a retractarse, rompió con la Iglesia católica y fue desterrado del reino, por lo que tuvo que esconderse en el castillo de Wartburg, a las afueras de Eisenach (Turingia). Allí se dedicó a traducir al alemán el Nuevo Testamento.

Hubo que esperar hasta 1555 para que las ramas católica y luterana de la Iglesia fueran tratadas como iguales, gracias a la firma del emperador Carlos V [1520-1558] de la Paz de Augsburgo, que permitía a los príncipes decidir la religión de su principado. Los principados del norte, más seglares, adoptaron la doctrina de Lutero, mientras que los clérigos del sur, el suroeste y Austria se mantuvieron fieles al catolicismo.

A pesar de todo, el conflicto religioso no había terminado. En 1618 degeneró en la sangrienta Guerra de los Treinta Años, a la que se acabaron uniendo Suecia y Francia en 1635. La calma regresó con la Paz de Westfalia (1648), firmada en Münster y en Osnabrück, pero convirtió al imperio (formado por entonces por unos 300 estados y unos 1000 territorios más pequeños) en un mero símbolo casi sin poder. Suiza y los Países Bajos obtuvieron su independencia formal, Francia se hizo con Alsacia y Lorena, y Suecia se extendió hasta la desembocadura de los ríos Elba, Óder y Weser.

El auge de Prusia

A medida que el poder del Sacro Imperio Romano Germánico se desvanecía, una nueva potencia empezaba a divisarse en el horizonte: Brandeburgo-Prusia. Desde 1411, el ducado oriental de Brandeburgo había estado en manos de la dinastía Hohenzollern, pero ocupaba una posición marginal en el imperio. La situación cambió en el s. XVII con Federico Guillermo [1640-1688]; conocido como el Gran Elector, tomó varias medidas que llevaron al ascenso de Brandeburgo a la categoría de potencia europea. Convirtió Berlín en una plaza fuerte, impuso un nuevo impuesto sobre las ventas, transformó la ciudad en un núcleo comercial mediante la construcción de un canal que unía los ríos Óder y Spree y promovió la acogida de refugiados hugonotes franceses. Entre 1680 y 1710, la población de Berlín casi se triplicó y se convirtió en una de las mayores urbes del Sacro Imperio.

Napoleón y la época de las revoluciones

Tras los estragos de la Revolución Francesa de 1789, Napoleón Bonaparte se hizo con el control de Europa y alteró notablemente su destino en las precisamente llamadas Guerras Napoleónicas. La derrota de las tropas austríacas y rusas en la batalla de Austerlitz (1806) condujo a la desaparición del Sacro Imperio Romano Germánico, a la abdicación del káiser Francisco II y a un conjunto de reformas administrativas y judiciales.

La mayoría de los reinos, ducados y principados germanos se unieron en la Confederación del Rin, auspiciada por el general corso. Su reestructuración del mapa de Europa le fue muy bien a Baviera, que casi dobló su tamaño y adquirió el estatus de reino en 1806. Aun así, la confederación fue efímera, ya que muchos de sus miembros volvieron a cambiar sus lealtades después de que las tropas prusianas, rusas, austríacas y suecas aplastaran a Napoleón en la sangrienta batalla de Leipzig (1813).

En el Congreso de Viena de 1815, Alemania quedó reorganizada en la Confederación Germánica, formada por 39 estados y con una asamblea central legislativa, el Reichstag, establecida en Fráncfort. Austria y Prusia encabezaron esta alianza hasta que un reguero de revoluciones democráticas se extendió por varias ciudades alemanas en 1848 y dio pie a la primera delegación parlamentaria elegida libremente en la historia del país, que se reunió en la Paulskirche de Fráncfort. Mientras tanto, Austria se separó de Alemania, creó su propia Constitución y volvió inmediatamente al sistema monárquico. La revolución finalizó en 1850 y se restableció la confederación, con Prusia y Austria como miembros dominantes.

Bismarck y el nacimiento del Segundo Imperio

Crear una Alemania unificada liderada por Prusia fue la gloriosa ambición de Otto von Bismarck (1815-1898), nombrado primer ministro prusiano en 1862 por el rey Guillermo I. Militar de la vieja guardia, se sirvió de una diplomacia compleja y de las guerras con las vecinas Dinamarca y Francia para alcanzar sus objetivos. En 1871, Berlín ya era la orgullosa capital del Segundo Reich alemán, una monarquía constitucional bicameral. El 18 de enero, el rey de Prusia fue coronado káiser en Versalles, con Bismarck como su “canciller de hierro”.

La I Guerra Mundial y sus consecuencias

El asesinato el 28 de junio de 1914 del archiduque Francisco Fernando, heredero al trono del imperio autrohúngaro, fue el detonante de una serie de decisiones políticas que condujeron a la I Guerra Mundial, el conflicto europeo más sangriento desde la Guerra de los Treinta Años. La euforia inicial y la fe en obtener una victoria rápida dieron paso enseguida a la desesperación, mientras las víctimas se apilaban en las trincheras del campo de batalla y los civiles pasaban hambre y frío en las ciudades. Tras la derrota de 1918, se produjo un período de agitación y violencia. El 9 de noviembre de 1918, el káiser Guillermo II abdicó, lo que supuso el fin definitivo de la monarquía en Alemania.

Las humillantes y desmedidas condiciones de paz impuestas a Alemania tras la Gran Guerra sembraron las semillas del rencor que llevaron a la II Guerra Mundial. Alemania, con el ejército destruido, al borde de la revolución y a medio camino entre la monarquía y la democracia, firmó el Tratado de Versalles (1919), en que se la declaraba responsable de todas las muertes de la contienda. Se recortó drásticamente su territorio y se le obligó a pagar unas indemnizaciones exorbitantes.

La República de Weimar

En julio de 1919 se aprobó una Constitución federal y republicana en la ciudad de Weimar, donde la asamblea constituyente había buscado refugio del caos de Berlín. El primer experimento serio de Alemania con la democracia trajo el sufragio femenino y derechos sociales básicos, pero también dio al canciller el derecho a gobernar por decreto, concesión que fue clave en el posterior ascenso al poder de Hitler.

La República de Weimar (1920-1933) estuvo gobernada por una coalición de partidos de izquierda y de centro, pero no agradaba ni a comunistas ni a monárquicos. De hecho, los años veinte no fueron nada “felices” en Alemania, pues estuvieron marcados por la humillación de haber perdido la guerra, la hiperinflación, el paro generalizado, el hambre y las enfermedades. La gente moría de frío en las ciudades mientras el carbón de la cuenca minera del Ruhr se enviaba a Francia.

El ascenso de Hitler al poder

El clima político inestable y cada vez más polarizado provocó enfrentamientos entre los comunistas y los miembros de un partido que había ido ganando protagonismo poco a poco: el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP; Nationalsozialistische Deutsche Arbeiter Partei) o Partido Nazi, liderado por un artista fracasado y cabo durante la I Guerra Mundial llamado Adolf Hitler, de origen austríaco. Las botas militares, las camisas marrones, la opresión y el miedo no tardarían en dominar la vida cotidiana de los alemanes.

El NSDAP de Hitler obtuvo el 18% de los votos en las elecciones de 1930. En los comicios de 1932, Hitler desafió al entonces presidente de la República, Paul von Hindenburg, pero solo logró obtener el 37% de los votos en la segunda vuelta. Sin embargo, el 30 de junio de 1933, debido al fracaso de sus reformas económicas y a la intervención persuasiva de los consejeros de derechas, Hindenburg nombró canciller a Hitler.

Hitler actuó con celeridad para consolidar su poder absoluto y convertir la democracia del país en una dictadura ejercida por su partido. Utilizó el incendio del Reichstag como pretexto para forzar la aprobación de la Ley Habilitante de 1933, que le permitiría dictar leyes y cambiar la Constitución sin consultar al Parlamento. Tras la muerte de Hindenburg un año después, Hitler fusionó el cargo de presidente con el de canciller y se proclamó Führer (líder, guía) del Tercer Reich.

El ascenso al poder de los nazis tuvo consecuencias inmediatas. Tres meses después de que Hitler tomara el poder, todos los partidos, organizaciones y sindicatos no nazis habían dejado de existir. Los adversarios políticos, los intelectuales y los artistas fueron perseguidos y detenidos sin juicio, y muchos se escondieron o se exiliaron. Había una incipiente cultura del terror y de la denuncia y se empezó a intensificar la intimidación a los judíos.

La persecución a los judíos

El pueblo judío fue víctima de una larga campaña de acoso previa al genocidio. En abril de 1933, Joseph Goebbels, Gauleiter, líder de zona de Berlín y jefe del Ministerio de Propaganda, declaró un boicot a los negocios hebreos. Poco después, los judíos fueron expulsados del servicio público y se les prohibió ejercer muchas profesiones. Las Leyes de Núremberg de 1935 despojaron a los “no arios” de la ciudadanía alemana y de muchos otros derechos.

Mientras tanto, la comunidad internacional hizo la vista gorda a lo que ocurría en Alemania, quizá porque muchos líderes anhelaban ver un poco de orden en el país tras décadas de tensiones políticas. Hitler fue muy admirado por su éxito al estabilizar la frágil economía, en gran parte mediante la inversión de dinero público en programas de empleo. Los JJ. OO. de verano de Berlín 1936 fueron un triunfo de las relaciones públicas, pues Hitler puso en marcha una ofensiva seductora. El terror y las persecuciones se retomaron poco después de la ceremonia de clausura.

La persecución a los judíos alcanzó un primer momento crítico el 9 de noviembre de 1938 con la Kristallnacht, la Noche de los Cristales Rotos. Con la excusa del asesinato en París de un funcionario del consulado alemán por parte de un judío polaco, los matones nazis profanaron, quemaron y demolieron sinagogas y cementerios, y saquearon propiedades y negocios judíos por todo el país. Los judíos habían empezado a emigrar en 1933, pero este acontecimiento provocó una estampida.

La suerte de los judíos que se quedaron empeoró después del estallido de la II Guerra Mundial en septiembre de 1939. En 1942, por petición de Hitler, se celebró la Conferencia del Wannsee, en la que se acordó la Endlösung (“solución final”): la aniquilación sistemática, burocratizada y meticulosamente documentada de los judíos de Europa. También se persiguió a los sinti, los romaníes, los adversarios políticos, los curas, los homosexuales y los criminales habituales. De los siete millones de personas que fueron deportadas a campos de concentración, solo sobrevivieron 500 000.

La II Guerra Mundial

La II Guerra Mundial se inició el 1 de septiembre de 1939 con la invasión nazi de Polonia. Francia y Reino Unido declararon la guerra a Alemania dos días después, pero ni siquiera esto pudo evitar la rápida derrota de Polonia, Bélgica, Países Bajos y Francia. Dinamarca y Noruega pronto cayeron también bajo el dominio de los nazis.

En junio de 1941, Alemania rompió su pacto de no agresión con Stalin y atacó la URSS. Aunque al principio tuvo éxito, la Operación Barbarroja no tardó en topar con dificultades. Las tropas alemanas fueron finalmente derrotadas en la batalla de Stalingrado (la Volgogrado actual) al invierno siguiente y se vieron forzadas a retirarse.

Con el desembarco de Normandía en junio de 1944, los aliados se adentraron con formidable fuerza en el continente europeo, ayudados por constantes y devastadores ataques aéreos que destruyeron con saña las ciudades alemanas y su patrimonio cultural y artístico, y mataron al 10% de la población civil. La definitiva batalla de Berlín dio comienzo a mediados de abril de 1945. Más de 1,5 millones de soldados soviéticos se dirigieron a la capital desde el este; llegaron el 21 de abril y la rodearon el 25. Dos días más tarde alcanzaron el centro de la ciudad y libraron batallas callejeras con lo poco que quedaba del ejército alemán, un desorganizado grupo de adolescentes y ancianos.

El 30 de abril, las bombas caían sobre el búnker de Hitler, donde el Führer del “Reich de los Mil Años” se escondía junto a Eva Braun, la que durante mucho tiempo había sido su amante y con quien se había casado un día antes. Tras aceptar que la derrota era inevitable, se suicidaron. Mientras sus cuerpos ardían en el patio de la Cancillería, los soldados del Ejército Rojo izaban la bandera soviética en el Reichstag.

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Afuera de la Catedral Gótica de Köln están estas imágenes para que cualquier turista que pase por allí caminando vea el daño que ocasionó la 2da Guerra Mundial en Köln.

El 7 de mayo de 1945, Alemania se rindió de forma incondicional. La paz se firmó en los cuarteles del ejército estadounidense en Reims (Francia) y en los del ejército soviético en Berlín. La II Guerra Mundial en Europa terminó oficialmente el 8 de mayo de 1945.

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Köln fue una de las ciudades más castigadas luego de la 2da Guerra Mundial.

El gran enfriamiento

En las conferencias de Yalta y Potsdam, celebradas en febrero y julio de 1945, los aliados (EE UU, Reino Unido, la Unión Soviética y Francia) redibujaron las fronteras de Alemania y dividieron el país en cuatro zonas de ocupación.

Pronto surgieron roces entre los aliados occidentales y los soviéticos. Los primeros pretendían que Alemania se recuperara reconstruyendo su devastada economía; algo habían aprendido del Tratado de Versalles. Los soviéticos insistían en recibir cuantiosas indemnizaciones y empezaron explotar su zona de ocupación. Decenas de miles de hombres físicamente capaces y de prisioneros de guerra terminaron en gulags (campos de trabajo) situados en lo más profundo de la Unión Soviética. La inflación seguía castigando las economías locales, hubo escasez de comida y el Partido Comunista de Alemania (KPD) y el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) se vieron forzados a unirse en el Partido Socialista Unificado de Alemania (SED). Mientras tanto, en las zonas aliadas occidentales comenzó a asentarse la democracia con la elección de los parlamentos estatales alemanes (1946-1947).

La confrontación se produjo en junio de 1948, cuando los aliados occidentales introdujeron el marco alemán en sus zonas. La URSS lo consideró una infracción del Acuerdo de Potsdam, en que las potencias habían decidido tratar Alemania como una sola zona económica. Los soviéticos pusieron en curso su propia moneda, el Ostmark, y anunciaron un bloqueo a gran escala de Berlín Oeste, que se hallaba completamente rodeada por la zona soviética. Los aliados occidentales respondieron con un admirable puente aéreo: durante 11 meses, las flotas aéreas británica y estadounidense descargaron comida, carbón, maquinaria y otros recursos básicos en el aeropuerto de Tempelhof de Berlín Oeste. Para cuando los soviéticos se echaron atrás, los aliados ya habían realizado 278 000 vuelos, recorrido una distancia equivalente a 250 viajes de ida y vuelta a la Luna y entregado 2,5 millones de toneladas de mercancías.

Dos Alemanias

En 1949 se formalizó la división de Alemania (y de Berlín). Las zonas occidentales formaron la Bundesrepublik Deutschland (República Federal de Alemania, RFA) o Alemania Occidental; Konrad Adenauer fue su primer canciller, y la capital se estableció en Bonn, junto al Rin. El paquete de ayudas conocido como Plan Marshall hizo posible el Wirtschaftswunder (milagro económico alemán): la economía creció, de media, un 8% cada año entre 1951 y 1961. La recuperación fue obra, sobre todo, del ministro de Economía Ludwig Erhard, que compensó la grave escasez de mano de obra acogiendo en Alemania a 2,3 millones de trabajadores extranjeros, sobre todo turcos, yugoslavos, españoles e italianos. Este hecho puso las bases de la sociedad multicultural actual.

Por su parte, la zona soviética se convirtió en la Deutsche Demokratische Republik (República Democrática Alemana, RDA); Wilhelm Pieck fue su primer presidente y la capital se estableció en Berlín Este. Las políticas económicas, judiciales y de seguridad estuvieron bajo el control de un solo partido, el Partido Socialista Unificado de Alemania (SED), cuyo líder era Walter Ulbricht. Para sofocar toda oposición, en 1950 se creó el Ministerio para la Seguridad del Estado o Stasi.

La RDA entró en un estancamiento económico, en gran parte debido a la incesante política soviética de especulación financiera e indemnizaciones. El fallecimiento de Stalin en 1953 hizo crecer las esperanzas de reforma, pero solo estimuló al Gobierno de la RDA a aumentar aún más los objetivos de producción. El descontento latente estalló de forma violenta el 17 de junio de 1953, cuando el 10% de los trabajadores de la RDA salieron a la calle. Las tropas soviéticas sofocaron la sublevación, pero hubo muchas muertes y unas 1200 detenciones.

El Muro

En los años cincuenta, la diferencia entre las economías de las dos Alemanias se hizo abismal, lo que llevó a 3,6 millones de ciudadanos de la RDA (casi todos jóvenes e instruidos) a buscar fortuna en Alemania Occidental, lo que dejó a la RDA al borde del colapso económico y político. Al final, esta fuga de cerebros permanente provocó que el Gobierno comunista, con el consentimiento de los rusos, levantara un muro para mantener a sus ciudadanos dentro de las fronteras. La construcción del Muro de Berlín, el símbolo por antonomasia de la Guerra Fría, empezó la noche del 13 de agosto de 1961.

El nombramiento de Erich Honecker (1912-1994) como líder de la RDA en 1971, en combinación con la Ostpolitik (política amistosa con el Este) del canciller de Alemania Occidental Willy Brandt (1913-1992), suavizaron las relaciones entre ambos países. En septiembre del mismo año, los cuatro aliados firmaron un acuerdo que regulaba el paso entre Berlín Oeste y Alemania Occidental, garantizaba el derecho de los habitantes de Berlín Oeste a visitar Berlín Este y la RDA e incluso daba permiso a los ciudadanos de la RDA para viajar a la RFA en caso de emergencia familiar.

El acuerdo también allanó el camino para la firma, un año después, del Grundlagenvertrag (Tratado Básico), en que los dos países reconocían la soberanía y las fronteras del otro y se comprometían a llevar a cabo “misiones permanentes” en Bonn y Berlín Este.

En 1974, Alemania Occidental entró a formar parte del G8. Sin embargo, los años setenta también estuvieron marcados por el terrorismo, y varios políticos y empresarios importantes fueron asesinados por los anticapitalistas de la Baader-Meinhof, la Fracción del Ejército Rojo (Rote Armee Franktion; RAF). En la misma década surgieron la cuestión antinuclear y la ecologista, que condujeron a la fundación del Die Grünen (Los Verdes) en 1980.

La caída

Los corazones y las mentes de Europa del Este llevaban mucho tiempo esperando un cambio, pero la reunificación de Alemania cogió por sorpresa hasta a los observadores políticos más perspicaces. El llamado Wende, punto de inflexión de la caída del comunismo, tuvo un desarrollo gradual que terminó con un gran boom: el derrumbamiento del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989.

Antes de la caída del Muro, los habitantes de la RDA de nuevo habían empezado a abandonar su país en tropel, esta vez a través de Hungría, que había abierto sus fronteras con Austria. El SED no pudo hacer nada por impedir el flujo de personas que deseaban marcharse; algunas buscaron refugio en la embajada de Alemania Occidental en Praga. Mientras tanto, las manifestaciones masivas de Leipzig se extendieron a otras ciudades, incluida Berlín Este.

Como la situación empeoraba, Erich Honecker dimitió y cedió el poder a Egon Krenz, tras lo cual se abrieron las compuertas: la trascendental noche del 9 de noviembre de 1989, el funcionario Günter Schabowski informó a los ciudadanos de la RDA que podían viajar directamente al Oeste, con efecto inmediato. Aunque el anuncio era verdadero, se suponía que no debía hacerse hasta el día siguiente, por lo que los guardias de frontera se vieron desbordados. Decenas de miles de alemanes del este se precipitaron, llenos de júbilo, hacia los pasos fronterizos en Berlín y en el resto del país y pusieron fin a la larga y fría era de la división alemana.

La reunificación

La actual Alemania reunificada, con 16 estados federales, se forjó tras un delicado debate político y una serie de tratados para terminar con las zonas de ocupación establecidas tras la guerra. La ciudad reunificada de Berlín pasó a ser una ciudad-estado (como Hamburgo o Bremen). La moneda única y la unión económica se hicieron realidad en julio de 1990, y tan solo un mes después se firmó en Berlín el Tratado de Unificación. En septiembre del mismo año, los representantes de la RDA, la RFA, la URSS, Francia, Reino Unido y EE UU se reunieron en Moscú para firmar el Tratado Dos más Cuatro, que puso fin a las zonas de ocupación de posguerra y allanó el camino para la reunificación formal de Alemania. En octubre se disolvió la RDA y en diciembre se celebraron las primeras elecciones de la Alemania reunificada.

El nuevo milenio

Con la formación de un Gobierno de coalición entre el SPD y Alianza 90/Los Verdes en 1998, Alemania logró otro hito. Por primera vez un partido ecologista gobernaba un país. Dos figuras protagonizaron los siete años de gobierno de esta alianza: el canciller Gerhard Schröder y el vicecanciller de Los Verdes y ministro de Exteriores Joschka Fischer. Este último, a pesar de su pasado izquierdista en Fráncfort del Meno durante los años setenta, gozó del respeto internacional y de gran popularidad entre los alemanes de todas las ideologías políticas.

Entre todos estos acontecimientos serios hubo un momento de alegría en el 2014, cuando la selección de fútbol de Alemania ganó la Copa Mundial de la FIFA por cuarta vez (antes lo hizo en 1954, 1974 y 1990).

Fuente: lonelyplanet.es

SU GENTE

Llegué a Alemania un 7 de Febrero de 2018 en pleno Carnaval de Köln, que es la fiesta mas importante de esta ciudad y una de las mas grandes de Alemania, por lo cual la ciudad era una fiesta total, lleno de gente disfrazada por todos lados; literalmente miles de personas invadían las calles con música, botellas de alcohol en sus manos y disfraces, la algarabía era total, incluso en el metro (el único lugar publico en el que está prohibido tomar cerveza en Alemania) estaba lleno de gente tomando cerveza ya que los días de Carnaval se hace una excepción y se puede tomar alcohol en el metro sin problemas. Mis impresiones en ese primer momento sobre la gente alemana fueron muy buenas, ya que eran fechas especiales y la gran mayoría de la gente estaba de muy buen humor, recuerdo estar sin internet en la calle intentando localizar la casa en la que me iba a alojar y preguntarle por la dirección a varias personas en la calle y todos respondiéndome con la mejor onda.

Cabe decir que a diferencia de mis experiencias Working Holiday en Nueva Zelanda y Suecia en las cuales viajé mucho dentro de ambos países viviendo hasta en 6 ciudades en el caso del país oceánico (Hamilton, Hastings, Papamoa, Te Puke, Raetihi y Blenheim) y conociendo alrededor de 25 ciudades en total, y vivir en 3 ciudades en el país nórdico (Lövestad, Gotemburgo y Särkimukka mudándome de casa en Gotemburgo en el medio de mi tiempo en esa ciudad) y conociendo alrededor de 12 ciudades, en Alemania viví siempre en Köln. En Alemania existe un tema burocrático con el Anmeldung que es un certificado de domiclio (explicado aquí) que hace un poco complicado moverse por el tema del papeleo que implica mudarse de ciudad. Además, en Köln encontré una gente maravillosa que me dio una mano enorme cuando estaba recién llegado a Alemania, encontré trabajo relativamente rápido, la ciudad me gustó muchísimo, y decidí que no quería moverme. Además, el sentar base en una ciudad me ayudó a poder ahorrar dinero para poder viajar a otros países en vez de pasear tanto dentro de Alemania.

Explico todo esto, porque a diferencia de los otros países en los que hice una Working Holiday y conocí mucha gente local a lo largo y ancho del país, mi opinión sobre la gente de esos países es más general, en cambio en Alemania mi experiencia y por lo tanto mi opinión sobre la gente en Alemania está más que nada basada en la gente alemana que conocí en Köln.

Al escribir sobre la gente en Colonia, llegué a la conclusión de que suelen ser personas muy honradas, cumplidoras de las normas, planificadoras, fiesteras, por excelencia bebedores de cerveza, que mantienen una rivalidad con Düsseldorf y que además tienen una particularidad conocida como ¨The Germanic Stare Down¨ que es algo más de Alemania en general que de Colonia solamente y que explico en el artículo 12 curiosidades alemanas sobre Köln (Colonia), si quieren saber más detalles sobre la gente alemana en Colonia, les recomiendo que no se pierdan este artículo! Ahí van a ver no solo curiosidades sobre Colonia sino que además les permitirá entender mejor como es un/a coloniense.

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