Miedo, amor y realidad

Hasta hace pocos años, para mí era una quimera decir «voy a vivir viajando».
Cuando en 2014 volví de un viaje de 3 meses desde Inglaterra, tenía sensaciones encontradas. Shock cultural inverso se llama; es cuando una persona vuelve después de una estancia larga o medianamente larga en el extranjero a su lugar de origen, o al lugar en donde nació y se crió la mayor parte de su vida.
Recuerdo como si fuera ayer, sentado en la cama de mi cuarto, a las 2 de la mañana, mirando un blog en Internet sobre la hazaña de Emilio Scotto, quien en 1985 y con sólo 30 dólares en su bolsillo, sin contactos, y sin celular con todas las comodidades que nos ofrece hoy en día la tecnología, se subió a una moto y no paró hasta que estuvo en más de 200 países durante 10 años.

Miré eso, y recuerdo siempre ese momento como un «click». A veces tenemos momentos inesperados en la vida en los que de repente nos damos cuenta de algo, de una realidad, de lo que sea. Ese momento llega tan claro como el agua. «Click». Ese click, fue que mi felicidad está viajando. Difícil de aceptar por todo lo que implica. No es fácil hacerse cargo de uno mismo.

Estoy feliz y en paz de haber construido de a poco, mi propio camino viajero, y de tomar decisiones a conciencia, y desde el amor. Siempre sabiendo que hay riesgos por delante, pero quién no los tiene? Para mi salud emocional, es mejor viajar y moverme que quedarme quieto demasiado tiempo en un solo lugar.

Tomando mate en el parque nacional de Lake District, Inglaterra en marzo de 2019

Normalmente hay dos emociones detrás de una toma de decisión, miedo o amor. Sé y entiendo que cada ser humano no ha enfrentado las mismas circunstancias en la vida, que no todos sentimos, pensamos lo mismo, y que cada individuo tiene su propia capacidad de resiliencia. Y que por lo tanto, a muchos les puede parecer difícil o imposible lograr lo que quieran en su vida. Cada uno/a anhela diferentes cosas, sueña con diferentes realidades. Yo, humildemente, invito a cada persona a hacer de su vida lo que quiera. Porque la vida me ha enseñado que no hay camino incorrecto cuando se parte desde la honestidad. De querer hacer su propia vida, sin dañarse a uno mismo de ninguna manera, sin dañar a nadie más ni al medio en general que nos rodea. Así, no hay manera de fallar. Por supuesto que el camino perfecto no existe, a veces existirán circunstancias incómodas, nos harán repensar, plantearnos diferentes escenarios e inclusive a veces sentir miedo de cosas que se supone no deberíamos sentir porque ya las tenemos aprendidas. Pero no debemos olvidarnos jamás quienes somos, de dónde venimos, qué camino hemos recorrido, ni de nuestro objetivo. Los obstáculos están para aprender de ellos.

La vida es un ratito. Que no se nos pase sin haber hecho al menos el intento de lo que queremos para nosotros mismos. No vale la pena; vale la vida.

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